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Cuando
levantó
el
alba
del
23
de
abril
del
año
de
1616,
el
escritor
Miguel
de
Cervantes
yacía
en
su
lecho,
que
no
había
podido
abandonar
desde
el
pasado
día
2
del
mismo
mes,
se
sintió
tan
indispuesto
que
hubo
de
renunciar
a
salir
de
sus
habitaciones.
Vivía
en
casa
de
un
sacerdote
amigo,
Francisco
Martínez,
en
la
madrileña
calle
del
León,
a
pocos
pasos
del
convento
de
Santa
Ana
y
del
convento
de
las
monjas
Trinitarias.
A
más
de
mil
kilómetros
de
Madrid,
entre
los
verdes
prados
ingleses
que
rodean
el
río
Avon,
el
alba
del
23
de
abril
del
año
1616
había
sorprendido
al
actor
y
dramaturgo
William
Shakespeare
ante
la
chimenea,
junto
a
su
amigo
y
compañero
de
aventuras
teatrales
Michael
Drayton,
conversando
y
bebiendo
cerveza
tras
una
copiosa
cena.
Drayton
había
acudido,
con
el
también
escrito
Ben
Jonson,
al
caserón
que
Shakespeare
había
comprado
en
Stratford-on-Avon,
su
pueblo
natar.
Hacía
varias
semanas
que
el
teatro
se
había
convertido
en
un
luminoso
recuerdo
de
su
estancia
en
Londres.
Sin
embargo,
Ben
Jonson
había
tenido
que
partir
a
caballo
poco
antes
de
que
clarease
el
día.
En
el
alba
del
23
de
abril
del
año
de
1616,
ambos
escritores
sabían
que
la
muerte
les
rondaba,
enmascarada
en
enfermedades
sin
nombre
de
las
que
hoy
poco
sabemos.
Tan
sólo
cuatro
días
antes,
Cervantes
había
terminado
de
escribir
en
el
lecho
el
prólogo
de
su
último
libro,
Los
trabajos
de
Persiles
y
Segismunda,
y
en
él
daba
cuenta
de
un
reciente
encuentro,
durante
un
viaje
,
con
uno
de
esos
estudiantes
tan
frecuentes
en
su
literatura
y
en
su
época,
al
que
contó
que
padecía
<hidropesía>.
¿Qué
enfermedad
se
la
producía?
No
se
sabe.

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